jueves, 25 de abril de 2013

Escrito 1


Y de nuevo estaba en ese bar porteño, lleno de olor a cigarro y los lamentos de los apostadores. Las luces bajas se centraban en las mesas, los viejos dueños de la timba se regodeaban contra la engrasada y sucia pared en su actitud de reyes del barrio. Y tal vez sí, tal vez fueran reyes en su reino de dobles caras y dolorosas traiciones, de puñales y apuestas, y tiros al aire. Es que ahí atrás, atrás de esas cortinas humedecidas y coronadas de moho, atrás del sonido y la vida, estos tipos se jugaban la cabeza, solo por estar allí. De día y de noche jugaban dejando hasta la última gota de suerte en esos dados grasosos de manos corruptas y mesas sucias de cheques sin fondo. Muchos venían con dinero y se iban con él, tantos otros, se iban con ninguno. Y es que se te puede pasar la noche, los sueldos, los autos y las casas. En el encierro de vicio y ambición no se ve la salida del sol, ni la entrada a las puertas del infierno de persecución y de muerte, de la muerte de la billetera vacía a la de las venas secas. Hasta agente bancario tenía el demonio vigilando el lugar, buscando almas para cobrar, pobres almas sin descanso, y un hasta verdugo personal. De el verdugo nadie supo, nadie sabía, solo unos cuantos locos…y yo.
                Se escucharon unas risas ruidosas del otro lado de la cortina y al final del pasillo al tiempo que me apoyaba en una banqueta con una pata chunga a observar las mesas. La música de lo que llamábamos “el gallinero”, o más bien la “chetería”,  resonaba lejana y alegre. Porque lo que no se ha dicho fue lo de la máscara. El bar “El Noble Potrillo” tenía una fachada antigua, puertas de vidrio y roble, paneles de madera, un pequeño escenario y hasta arañas de cristal de imitación. Las viejas con plata se juntaban con amigas y se armaba la chusma bien paga. Todas pinturrajeadas como máscaras coloridas de teatro ancestral y esa moda de carteras de raso. Sus maridos las dejaban entrar y se iban para el fondo, doblando el pasillo a la derecha, al final, la cortina. De vez en cuando una piba, de vez en cuando alguno por el espectáculo, pero siempre separada la timba, los sucios con guita y los sucios pobres, los sucios de vicio y los sucios limpios, pero los realmente sucios preferían entrar por la puerta lateral, la del fondo, la de atrás. Y volviendo siempre a la parte de atrás, siempre la puta parte de atrás. Atrás el hombre del cuchillo, sentado en  una banqueta, recordando cómo carajo se había ido a meter en ese embrollo y volvía siempre atrás, siempre a ella.
                Ella me había entongado, siempre me mató con su brillo natural… que le salía en esa risa gutural cuando se sentía a gusto, cuando ganaba; porque solía ganar, y reír. Acá me acordaba de ella siempre, en este negocio de mala muerte que le hacía tan bien, un pez en el agua era la negrita. Elegía bien a quien sacarle, que cartas tirar y a que gallo apostar, mirando una tele pequeña y a los gritos, y siempre le pegaba, nuestro amuleto. Y cuando gritaba era un macho, y nadie se atrevía a tratarla como mujer, aunque afuera del lugar fuera una minita con todas las letras, ahí ella era la estrella, la hijita de papi, la casi-dueña. Y cuando golpeaba era también un macho. “Llegó la alegría de papá” decía Beto desde atrás del mostrador en voz baja, cuando entraba hablando por teléfono como si estuviera en casa, y casi que lo estaba.

                Me acuerdo todos los días de cuando mi hermano apareció con ella en la milonga a la que solíamos ir todos los sábados, o al menos muchos de nuestros sábados. La milanesa del club nunca estuvo tan buena como esa, la música ni la escuchaba, solo su boca hablando alto entre el griterío llamaba mi atención. Yo había llegado temprano como siempre que había partido y con Luis nos sentábamos alrededor de la tele en la barra. Luciendo aburrido mi hermano tomó el teléfono celular de su bolsillo y un papel chico arrugado de alguna parte del fondo de su billetera y marcó el número. Habló muy animadamente por un momento y luego cortó como si no quisiera la cosa. Me tenté a preguntarle algo, pero los músicos habían empezado a hacer las pruebas de sonido.
                Salí a fumarme un cigarrillo, el aire viciado y con olor a comida ya me había enfermado. Se había terminado el partido y los viejos conocidos del barrio de Villa del Parque se iban todos en patota. Cuando desvié la mirada de ellos vi por el rabillo del ojo la mayor de mis desgracias. Era bajita, morena y tenía el pelo oscuro y corto, apenas rozándole los hombros. Me impresionó cómo caminaba, tan segura, tan indiferente. Pasó al lado mío haciendo ruido con sus botas texanas y, sorprendiéndome mucho, entró  al club. Justo a tiempo estuve de mirar por debajo de sus shortcitos una pequeña frase escrita en negro en la parte de atrás de su muslo: Juega   y  Pierde. Lo leí atontado y supe que no había vuelta atrás. Tiré y pise apurado el pucho, muriéndome por seguirla. No sabía lo que hacía. Nunca lo supe realmente.
                Desesperado en esa adrenalina inmediata, la busque con los ojos en las mesas y pequeños grupos de gente.  Primero no la vi, pero tampoco vi a mi hermano. ¿Dónde se había ido? A la segunda vista los encontré sentados en una mesa oscura en la esquina, justo debajo del entrepiso en el que tocaba la banda. No entendí un carajo. Me enoje un minuto y después me lo imagine.  Supe que la había llamado. Esa belleza de ojos grandes y boquita de rojo era el número en el papel arrugado del idiota de Luis. ¿Desde cuándo una piba así salía con mamertos como Luis? Bueno, después lo pensé y me di cuenta de que solía pasar. Me acerque a la mesa como en un mal sueño, de esos en los que sentís que te estás por despertar pero igual sabes que tenés que correr, o algo te va a atrapar.  Estaba nervioso cuando rodeé la mesa y sonreí  obligado ante su visión. Ella no me vio hasta que Luis dijo mi nombre y me señaló, aún cuando estaba a su lado. Amagué a darle un beso en el cachete, pero ella me miro con unos inocentes y enormes ojos castaños, alejándose un poco de mi y dijo “Natalia, mucho gusto”,  al tiempo que estiraba su mano hacia mí. La estreché.
-Gabriel- dije, en un descuido, mi hermano ya me había presentado.
Los ojos de Natalia se entrecerraron y del fondo de su garganta salió una risa extraña, grave como su voz,  lenta, profunda y seductora. Probablemente me haya visto como un tarado mirándola como la miré, pero por suerte ninguno pareció percatarse de esto. Luis, me tomó el hombro, mirándome como yo tan bien conocía, esa mirada de hermano mayor, y yo me puse rojo. No sé si fue por Luis o por ella, pero me pasó.
-Gabi, estamos acá para hablar de negocios, somos corredores, para ser más exactos, y te quiero conmigo.- No pude reaccionar. Mi hermano siempre se andaba en cosas raras, ¿pero corredores?¿Con esta chica? ¿Cómo? – Quiero que trabajes conmigo – repitió, como si no hubiera entendido.
Sin querer miré a la chica del tatuaje, sonreía y sacudió la cabeza, acomodándose el pelo lacio, haciendo que los mechones bailaran.  Los ojos verdes de mi hermano observaban mi rostro, de nuevo esa mirada. Asentí bajando la cabeza.
-Si Luis, como vos quieras.- murmuré respondiendo a su pedido.
-¿No querés saber nada más?- estaba desconfiando de mi determinación a hacerle caso, y cambio de su mirada penetrante a una de sorpresa.
Pensé en la chica al lado mío todavía mirando a mis manos sobre la mesa, incapaz de mirarla. Esa boca, ese tatuaje, esa risa. Por supuesto que ni lo pensaría. Levanté la cabeza haciéndome el valiente, fije la mirada en los profundos ojos de mi hermano, sus inquisidoras cejas gruesas.
-Conociéndote  te metiste en algo más sucio que esta puta mesa. Pedile al mozo un trapo, después arreglamos bien.-
Mi hermano sonrió como un bobo y no pude evitar el contagio. La música sonó más alta y Natalia puso su mano sobre la mía.
-Voy a salir, venís.- dijo cerca de mi oído, mientras se levantaba.
Y yo la seguí, como un idiota yo la seguí. Y la seguí al departamento y la seguí al fin del mundo y de vuelta. Y así ocurrió la tragedia, me enamoré de ella.


Ella entró primero.  Abrió violentamente la puerta de fibrofácil hinchado por la humedad y su pollera se movió con gracia cuando se deslizó como un gato dentro de la habitación. Me quedé un poco atontado, como me pasaba siempre que divisaba esa frase en su muslo, y pasé torpemente por el arco, golpeándome con la puerta. Para colmo, tuve que cerrar dos veces hasta que, haciendo mucha fuerza y con un ruido sordo, logré que se cerrara. El ambiente dentro del cuarto estaba viciado y había olor a húmedo con un dejo de humo de cigarrillo, o tal vez un puro. El piso de baldosas estaba cubierto de una capa de suciedad o de grasa, no sabría decir bien qué era, pero se pegaba a mis zapatos cuando caminé hacia ella. En la habitación casi vacía había una silla centrada y una pileta para lavar, un mueble gastado y unas pocas maderas amontonadas en una esquina; también había otra puerta, pero en el primer vistazo no la había notado. Natalia fue directo a la pileta y se lavó cuidadosamente las manos, sacándose los anillos uno por uno y dejándolos a su lado, quitándose las pulseras y dejándolas a su lado. Dejó la cartera sobre el mueble cercano a la pileta y sacó algo negro que me pareció de cuero. Estaba desorientado. ¿Qué hacía yo ahí, si hacía diez minutos estábamos tranquilos en la cama hasta q sonó su maldito celular? Le pregunté por qué carajo habíamos venido. Me miró furiosa. No tendría q haberle hablado en ese tono. Sus ojos ardían y tengo que admitir que me dio un poco de miedo. Miró hacia otro lado por un rato y se quedó callada.
-Te diría que tomes asiento, pero creo que voy a necesitar la silla. Tenemos invitado.-dijo todavía sin dirigirme la mirada.
Golpeó la puerta que antes no había visto, al lado de la esquina con las maderas, y se puso unos guantes de cuero sin la parte superior de los dedos.
-¿Para que los guantes? – pregunté, cada vez mas confundido.
-No quiero que se me marquen los nudillos- me confundí aún mas, pero el tono de indiferencia me dijo que estaba enojada, así que probablemente fuera mejor no preguntar.
Desenvolvió una tela negra que había sacado del mueble y sacó una nudillera. Se la puso y la sopesó en su mano. ¿QUÉ? Podía esperar cualquier cosa de esa mujer conociendo a fondo lo que hacía, ella y mi hermano, ella y tantos otros. A veces se ponía feo, pero por qué ella, por qué ahora, no lo sabía y en cierto modo, no quería saberlo. Me quedé atónito, sin una sola palabra. No me dio tiempo tampoco para preguntar, ya que hubo tres golpes en la segunda puerta y corrió a abrirla con una pequeña llave.
Por la segunda puerta entró un tipo grandote, por no decir excedido de peso, con la cara pálida y encogido de hombros, caminando muy despacio. Me resultó raro hasta que un hombre aún más grande y ancho que el primero salió detrás de él y le apoyó una manaza enorme en el hombro con gran impulso, haciendo temblar al gordo con poco pelo en la cabeza. El enorme tipo le guió con su mano a la silla y lo sentó, se puso detrás de la silla, cruzando los brazos. Luego se percató de mi presencia y me miró fijamente. Apareció en su cara rojiza y mal afeitada la sonrisa más cálida que me podría haber imaginado en un matón de dos metros de alto y ancho. Se movió rápidamente hacia mí y estiró su mano. Estrechó la mía con fuerza y familiaridad, sonriendo de nuevo, por lo que me percaté de su dentadura perfecta. Natalia puso una mano en mis hombros y la otra en los de él, con la nudillera dorada en la derecha, por sobre los guantes.
-Gabriel, te presento, el es mi tío, Rodolfo. Bueno, tío, casi tío- le dedicó una cálida sonrisa a la que él respondió con un abrazo que la separó del suelo- me crié más con él que con Papi.
-Que bueno verte Ñata, mucho gusto pibe- dijo Rodolfo, todavía con esa gran sonrisa blanca en su rostro tenso y redondo.
Asentí con la cabeza, intentando ser amable a pesar de mi confusión mental, pero me salió una sonrisa forzada. A los otros no pareció importarle. Se dieron la vuelta a la vez para observar al tipo asustado en la silla. Le caía una gota de sudor por la sien. Traté de tranquilizarme, viendo a ese tipo, me di cuenta de que no tenía por qué sentirme incomodo. Aunque recordaba mi metida de pata cada segundo, esperaba que aún no se hubieran enterado. Por un segundo agradecí a Dios no estar en esa silla, al tiempo que el grandulón se situaba por detrás de ésta de nuevo,  en la esquina junto a las maderas y ella hacía sonar sus tacones dando vueltas por la habitación. El tipo miraba nervioso a todos lados, posaba la mirada en ella un segundo, luego al piso, luego a mí y así. Me crucé de brazos y me apoyé contra la pared. Lo que fuera que ocurría no tenía que ver conmigo, no lo sabía, ojalá nunca lo supiera, el peso de mi error me invadía cuando estaba con ella. Pero no podía dejarla.
Natalia se paró de repente a un lado de la silla, se iluminó un momento y sonrió, como si recordara algo gracioso. Había entrado en personaje. El juego había comenzado y ella sabía que no podía perder.
-Bromallo, ¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿La familia?- puso ese tono extraño en la voz.


El gordo individuo estaba a gatas en el suelo, le sangraba la cara, pero ella seguía pateándole el estómago con sus botas de tacón. El hombre lloraba y gemía y se quedaba sin aire. Y justo cuando los brazos le temblaban demasiado ella paraba, se recomponían, acomodaba su pelo y de nuevo. Tomó impulso y clavó el taco en el centro de la espalda de Bromallo, quien pegó un grito y estuvo a punto de caer al suelo, pero aguantó, con gran esfuerzo, poniéndosele la cara violeta. Natalia había cambiado los nudillos por un hermoso puñal con mango de hueso y algún que otro dibujo en la filosa hoja. Se agachó grácilmente al lado de él a pesar de su ropa tan poco acorde a la situación y le mostró el cuchillo, los brazos y piernas temblando violentamente, los sollozos reprimidos.
Así que ésta era la reinita del show, la hija del Dueño, la luz de sus ojos.
-Ya sabés como es Bromallo. Si te caes te morís – su cara era una máscara inexpresiva, sus ojos brillaban astutos.- Si te morís significa que no pagás y no queremos eso, ¿o no?- el hombre no respondió, gimió - ¿O no?-
-No- lloró el tal Bromallo con voz ahogada.
Ella dio una vuelta alrededor de su víctima y se colocó del otro lado. Una nueva patada. ¿Cuánto tiempo más iba a seguir torturándolo? Una pequeña parte de mi lo disfrutaba. “Miren, la piba con la que me metí, eh”. Rodolfo estaba en la misma posición que hacía media hora, diez minutos, dos años, no sé, lo estuvo todo el rato. Comencé a pensar que se quedaba para proteger la puerta, listo para ponerse en acción, la protegía también a ella. Su expresión afable seguía estampada en su rostro. A pesar de que ninguno me prestaba la más mínima atención sabía que no debía irme, la situación me resultaba repulsiva y al mismo tiempo me hipnotizaba, me seducía.
-Si te caes, te morís.-repitió- Si no podés soportar la presión significa que no vas a poder pagar cuando lo necesito. Y lo necesito AHORA.-Se pasó una mano por el pelo oscuro como tratando de tranquilizarse –Necesito saber que puedo contar con eso. Si no pagás te morís, fácil como eso. ¿Pero no queremos eso, o si? – Una sonrisa apareció en su rostro.
Su pierna fue y volvió, adelante y atrás, y yo no podía dejar de verla.
Al hombre le dieron náuseas. Vomitó, pero no se cayó. No sentía lastima por él. Quería que mi viuda negra ganara, que saciara su hambre con otros y dejara el resto para mí. Natalia se acomodó un mechón rebelde y tomó una bocanada de aire.
-Ése es el olor de tu propia miseria,- sonrió y el aire se llenó de el vaho nauseabundo y fuerte, que golpeaba la boca de mi estómago con cada inhalación-voy a dejar que lo conozcas un poco más.
Se dio vuelta y se puso a hablar tranquilamente con su enorme tío postizo. Hablaron de fútbol, de familia, de cualquier cosa. Nunca me miraron. Fueron los minutos más largos de mi vida, y lo debían haber sido para Bromallo. Lloraba y gemía sin ser escuchado, parecía que iba a vomitar de nuevo, pero no lo hizo. Sudaba profusamente. Yo seguía atónito ante su resistencia. Supongo que uno se endurece cuando está su vida de por medio. Cuando empezó  a gritar y a temblar violentamente Natalia lo señaló con un movimiento de cabeza, apuntando con su barbilla, su pelo alborotado se sacudió.
Rodolfo tomó al agotado y torturado tipo y se lo llevó. Automáticamente Natalia se iluminó, lanzó una risa gutural, del fondo de su alma sucia. Sostuvo el puñal en alto, con el guante ensangrentado por los golpes y me miró, divertida.
-Todavía no terminé, sentate- obedecí.
Por un momento tuve pánico de esa voz grave y melodiosa, pero había un tono de broma escondido detrás de sus ojos. Sonreí y en respuesta ella se puso la máscara de hielo. Se sentó en mis rodillas mirándome fijamente. Sus ojos castaños tenían un efecto desconcertante en mí. Me besó en la frente y mejillas con su pequeña boca de muñeca. Quise abrazarla pero me alejó. Esa sonrisa secreta en su cara de nuevo. Abrí grandes los ojos.
El juego.
Su juego.
Me golpeó con el mango del cuchillo.


Y allí estaba de nuevo en ese bar porteño, de cortinas y secretos, y juegos y muerte. Esperaba a alguien, cuchillo frío debajo de mi ropa. Todo era frío ahora, excepto ella, ella que me mataba con su brillo, ella que me había metido en esto. Era fuerte, era frío, yo era decisión y odio. Me habían dicho cómo y qué hacer y nadie me iba a parar.
Por detrás de las cortinas pasó su papi. Las miradas en él un momento, a las mesas de nuevo. Me acomodé en la banqueta. “Vení, vení” recuerdo que pensaba. La puerta lateral, la escondida, se abrió rápidamente. Natalia entró furiosa con el arma. Era el momento, como acordado.
-¡Están acá!-gritó.
En el caos todo pasó muy rápido, demasiado.
Papi estaba solo. Disparos y sirenas. Me acerqué a mi objetivo, solo fui un fantasma, ni una puta persona se dio cuenta. El dueño gritó algo. Escuché su voz clara: “Gabriel” me gritaba. Todo pasó muy rápido. Y alcancé mi objetivo.
Sentí el calor de su sangre en mis dedos. Natalia gritó mi nombre de nuevo, esta vez en su voz se leía algo, algo como el miedo, pero debí imaginármelo. Y en sus ojos frente a los míos, mi cuchillo en sus entrañas, su dulce sangre en mis manos.
Lo entendió y sonrió y el tiempo se detuvo. Tomó entre sus manos mi brazo, el que sostenía el cuchillo en su abdomen, sus ojos en los míos, y rió. La risa vino de su interior, de su podrido interior, y escupió su propia sangre en mi cara. Y rió de nuevo. ¿De qué se reía esa puta?
Un intenso dolor se extendió por mi espalda. Recordé las palabras del otro: “Absolución total, hacé lo que tengas que hacer pero queremos al pez gordo y lo queremos vivo”. Un dolor intenso. Y su risa se coló en mi alma.

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