Respiré hondo y puse una mano en la arena a mi lado, buscando su presencia. Pero era inútil, estábamos solo yo y la silenciosa Luna, y el mar ruidoso y, ahora, un viento travieso que jugaba a tirarme arena a la cara. Dejé de lado la angustia y volví a sentirme como una mota de polvo frente a la grandeza del universo. ¿Se sentiría la Luna como yo frente a esos planetas y superestrellas? ¿Le habrían quitado también a ella un ser amado? La veía tan callada, sombría, solitaria. Una gran roca en el espacio, admirada por la belleza de esa luz que ni siquiera era propia, obligada a vagar en círculos alrededor de un planeta egoísta y a hacer de linterna a la vida que éste engendra. La Luna se sentiría como yo si le quitaran el sol, si se extinguiera esa luz que la hace bella y querida. Ya sólo sería una mota de polvo en el infinito universo, vacía, resignada a girar, suspendida, sin ningún rumbo ni objetivo.
Y la angustia volvió.
Podría haber estado ahí para siempre, pero pensar en polvo me recordó que si me perdía yo allí, en esa escena, probablemente me convertiría en polvo. A la corta o a la larga. La marea subía y las olas me rozaban los pies, el mar dejó sus quejidos y el viento se calmó un momento. Se escuchó un zumbido lejano un instante. Me levanté para ver de dónde provenía, pero el viento volvió a inflar mi camisa y el mar a sus gruñidos malhumorados. Una idea cruzó mi mente y casi sin querer me pregunté en voz alta: "¿Habrá sido eso el llanto de una piedra solitaria, que a pesar de robarse un poquito de la luz del sol está tan vacía y perdida como yo?"
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